Lo que más nos preocupa

 

De cuando en cuando los medios de comunicación publican encuestas del CIS sobre qué es lo que más preocupa a los españoles. Varía un poco según la época. Llevábamos tiempo con el paro en primera posición. Ahora parece que hay varios motivos serios de intranquilidad: la inestabilidad política, la amenaza yihadista, la recesión de la economía mundial. Todos verdaderamente inquietantes.

Sin embargo poca gente diría hoy que lo más preocupante es la insensibilidad moral, la despreocupación por lo trascendente, el egoísmo generalizado. Por eso llaman la atención las palabras del Papa Francisco, a cualquiera que quiera oírlas: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2).

Todos los días, o casi, aparecen imágenes en la prensa o en la televisión de emigrantes, de refugiados, familias enteras, cientos de personas, jóvenes y mayores, niños y ancianos, que avanzan con su hatillo -todo lo que tienen- hacia alguien que les acoja. Los vemos, pocas veces nos paramos a contemplar, a meditar, lo que ocurriría si estuviéramos en esas circunstancias. Preferimos quedarnos al margen, para no “obsesionarnos”, pensando que poco podemos hacer, que las cosas son así y que la culpa no es nuestra. Es el egoísmo que nos hace ciegos.

Es preocupante ese egocentrismo que hay en el ambiente, el hedonismo instalado en la vida de los hombres y mujeres del mundo occidental  y, desde luego, también entre nosotros. Ese es el gran riesgo, la angustia individualista a que conduce la comodidad. Eso produce tristeza, pesimismo, porque cuando no hay intención de hacer algo por los demás, la persona se queda afligida en su soledad. En cambio, en una sociedad con planteamientos claramente cristianos -de generosidad, de caridad- no hay miedo ni a la economía ni a los yihadistas –mucho menos a los políticos- pues estando todos unidos, pensando en ayudar al más necesitado, las preocupaciones son muy distintas.

Ya lo decía también el cardenal Ratzinger: “El éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la verdad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz”. (El camino pascual, p. 28).

Pero ahora la sociedad, lejos de seguir por la senda de Jesucristo, se ha convertido en pagana, o sea, adora a dioses falsos, creados por ellos mismos, esos idolillos absurdos que van desde los famosos de la televisión o del futbol, a los modos de vestir o de comer, el éxito o la tranquilidad. Fines absurdos en la vida, dioses falsos.

Se busca, denodadamente, no la cruz sino la comodidad. Nos la ofrecen de mil modos publicitarios, a cual más invasivo, de manera que nos hacen creer que es lo mejor, y se hace difícil sacar del aislamiento a tanta gente que va a lo suyo. Esto es lo que nos tiene que preocupar seriamente, y es lo más difícil de desarraigar. Este debe ser el mensaje cristiano y el ejemplo que deben proponer los seguidores de Cristo.

 

Ángel Cabrero Ugarte