El magnífico y elaborado trabajo del profesor Emmanuel Falque, del Instituto Teológico de París, recientemente publicado y en el que nuestro autor profundiza acerca de la eucaristía y del cuerpo de Cristo, todo ello en el marco de la investigación filosófica y cultural, refleja bien a las claras en su estructura, una mayor riqueza doctrinal en la última parte del mismo, donde acomete en profundidad el uso performativo de la teología sacramentaria.

Bajo ese prisma, y con la capacidad filosófica de penetración de nuestro autor de los misterios de la fe, mediante la fe y la razón, los conceptos parecen iluminarse con un nuevo valor y realce: “El que habla (el oficiante y, a través de él, Cristo) se convierte en lo hablado (el cuerpo y la sangre bajo las especies del pan y del vino). Cuando las palabras se expresan, lo que se imprime es, pues, un cuerpo” (204).

De todas formas, es importante subrayar con nuestro autor que para realizar la transustanciación, no basta con tomar el pan y pronunciar las palabras de la transustanciación, pues “es necesaria una mirada intencional que asuma las propiedades semánticas del dispositivo para investirlo con la operatividad propia del acto, aquella por la que Cristo ha querido hacerse presente a través de los siglos, no solo en recuerdo sino de manera real bajo un signo localizado, particular cada vez, que crea a su alrededor la unidad de una comunidad determinada bien circunscrita en el tiempo y el espacio. Por tanto, no por sí mismas, sino por la fe de la Iglesia tienen estas palabras el poder hacer real lo que dicen” (205-206).

Uno poco después, añade con gran intensidad teológica, la intensa relación entre el lenguaje y la facticidad: “el ‘hablar’ hace ‘obra’ en cuanto que ‘abre’ un mundo, el de Dios precisamente, cuya prosa exige también que podamos compartir su aventura e integrarnos nosotros mismos en su propio relato” (207).

Enseguida va a relacionar dos conceptos teológicos; la eucaristía como alimento y como presencia. A lo que hay que recordar que comunión como alimento y eucaristía como adoración son elementos que conviven, puesto que silencio y palabra, hambre y sed, están relacionados vitalmente (208).

En cualquier caso, las realidades divinas expresadas en la eucaristía al ser manifestación del Amor infinito y de la infinita presencia del Amor, nos recuerdan que el “Cuerpo eucaristizado es también y, en primer lugar, cuerpo dado” (211). A lo que nos atrevemos a recordar que humanamente deseado, puesto que sin el amor de Dios el cristiano no puede vivir en plenitud.

Precisamente, la acción litúrgica, el sentido de la liturgia, hacen la Iglesia, construyen la piedad personal, pues a través de la celebración de la Santa Misa y de los demás sacramentos, el Espíritu Santo va iluminando y fortaleciendo la vida de los fieles, personal y comunitariamente.

 Como tantas veces ha recordado Benedicto XVI, con el testimonio de los mártires cristianos de la primera historia (y de toda la historia de la Iglesia), en el Norte de África, en la persecución de Decio del siglo III: “no podemos vivir sin la misa”.

José Carlos Martín de la Hoz

Emmanuel Falque, Las bodas del cordero. Ensayo filosófico sobre el cuerpo y la Eucaristía, ed. Sígueme, Salamanca 20108, 262 pp.