Al límite

El misionero comboniano P. González Galarza llegó a Sudan en 1996. Con algunos compañeros y religiosas de la misma congregación iba a residir junto a la etnia nuer, en el sur del país. Se encontró con un pueblo víctima de la guerra, periódicamente arrasado por sus enemigos, pero lleno de fe.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2006
263

Subtítulo: Evangelizar en medio de la guerra.

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Dios derrama su gracia en África y el demonio la guerra. El pueblo nuer reside en la zona meridional del Sudán y cuenta con algo más de un millón de individuos. Los nuer fueron evangelizados por laicos de su propia etnia que volvía de Jartum o de Etiopía, donde habían recibido el bautismo; pero hasta 1996 no habían contado con la ayuda del clero. La espina dorsal de la iglesia entre los nuer han sido los catequistas. Ellos preparan a los catecúmenos, les enseñan el catecismo y les bautizan; dirigen diariamente las oraciones y la lectura de las Sagradas Escrituras; entre todos construyen sus iglesias, ayudan a los necesitados y los jóvenes enseñan a los niños a leer y escribir. Sudán sufre una guerra civil desde la época de su independencia, en 1956. El norte, con su capital Jartum, es desértico y de cultura árabe, en tanto que el sur es cultivable, tiene agua, ganado y en su subsuelo hay petróleo. En él conviven hasta quinientas etnias de raza negra. Primero los egipcios y después los árabes capturaban sus esclavos en el Alto Nilo, el actual Sudán meridional. Después de la independencia los árabes del norte trataron de imponerse sobre los negros del sur y comenzó la guerra. La última ha durado casi veintidós años. Recientemente el gobierno de Jartum había realizado concesiones petrolíferas a empresas chinas en el sur del país; las empresas pidieron que se limpiasen de africanos esas zonas y para ello el gobierno mantenía ejércitos negros que luchaban contra su gente, arrasaban sus poblados, robaban el ganado y les forzaban a desplazarse a otros lugares. En 1996 los misioneros combonianos se establecieron entre los nuer. Encontraron un pueblo dolorido por la guerra, pero entusiasta y lleno de fe. Para asistir a una Eucaristía los nuer caminan entre una y cinco horas mientras el misionero oye confesiones; los nuer aman la liturgia y el canto por lo que la celebración puede durar toda la noche; al día siguiente regresan a sus aldeas. El P. Galarza se siente impotente para curar el dolor causado por la guerra: padres de familia reclutados o asesinados, mujeres robadas, familias dispersas y huérfanos convertidos en niños soldado. Por fin, en 2005, parece que llega la paz y el misionero regresa a México, su país de origen. Millones de islámicos y de chinos residen en Europa beneficiándose de la tolerancia de los países cristianos, pero los Gobiernos europeos no se plantean la necesidad de exigir una reciprocidad para los cristianos residentes en África.