En el café de la juventud perdida

París, años 60. En el café Condé se reúnen poetas maldi­tos, futuros situacionistas y estudiantes. Y aunque la nostalgia de aquellos años perdidos parecería ser el tema central de la novela, Modiano le da un giro sor­prendente. Porque En el café de la juventud perdida es también una novela de misterio: todos los personajes y las historias confluyen en la enigmática Louki. Cuatro hombres nos cuentan sus encuentros y desencuentros con la hija de una trabajadora del Moulin-Rouge. Para casi todos ellos la chica encarna el inalcanzable objeto del deseo. Louki, como todos sus compañeros de vaga­bundeo por un París espectral, es un personaje sin raíces, que se inventa identidades y lucha por construir un pre­sente perpetuo. Modiano recrea alrededor de la fasci­nante y conmovedora figura de Louki el París de su juventud, al mismo tiempo que construye una hermosísima novela sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2014
131
9788433974860
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Imagen de Azafrán

La narrativa del siglo XXI se caracteriza por presentar al lector tan solo una parte del trabajo previo realizado por el escritor con la intención de facilitar la interpretación personal del texto. Modiano presenta así al lector en esta novela retazos de las investigaciones que realiza sobre la vida de un hombre que, al parecer, ha perdido la memoria tras haber sufrido un accidente misterioso en los Alpes franceses.

El narrador habla en primera persona y participa al lector de sus investigaciones, algunas de ellas sumamente esquemáticas.

Le ayuda en su búsqueda, un investigador privado jubilado, Hutte, con el que lleva trabajando unos años y quien le presta su despacho en París, aunque toda su colaboración se limitará a facilitarle contactos de su anterior vida profesional. El investigador jubilado recala en Niza y desde allí mantiene correspondencia con el protagonista de la historia quien usa el nombre ficticio de Guy, pues no recuerda nada de su vida pasada.

Dos hombres de París le sugieren la posibilidad de que conozca a un ruso afincado en aquella ciudad que, según aparece en el periódico del día, va a asistir al entierro de una anciana. Un tal Stioppa de Djagoriew.

Guy, el protagonista del relato, acude al entierro con la intención de hablar con Stioppa quien se muestra afable y le invita a su casa dónde le enseñará y regalará una caja con fotografías de una joven rusa a quien Guy cree reconocer, Gay Orlow. Al recabar información de la joven rusa encuentra que había estado casada con el pianista norteamericano Waldo Blunt. Este músico tacaba todas las noches en el bar del Hotel Hilton.  Así que Guy acude a dicho hotel.

Waldo le cuenta que Gay Orlow se casó con él en los EEUU para evitar su expulsión del país. Pero tan solo convivieron los seis meses que la ley exigía a los extranjeros que se casaban con los ciudadanos norteamericanos. Posteriormente ella conoció a un joven francés con el que se casó para obtener la nacionalidad francesa, Howard de Luz.

Guy continúa con sus investigaciones que le llevan a un castillo embargado, antigua propiedad de Freddie Howard. Allí le atiende el antiguo mayordomo quien continúa viviendo en las caballerizas y que le da noticia del jockey que cabalgó para la familia cuando las cuadras estaban a pleno rendimiento: André Wildmer.

Aunque en un primer momento Guy parace comprender que tal vez él había sido Freddie Howard, Bob, el antiguo mayordomo, le da a entender que se parece mucho al amigo de Freddie, Pedro. Igualment, Bob le entrega un sobre con recuerdos de Freddie en el que aparecen fotos de Freddie, de él mismo, de Gay Orlow y de otra joven con rasgos asiáticos y ojos claros. En la foto de esta última, por detrás, aparece el nombre de Pedro y un teléfono, así como un pasaporte dominicano en blanco

Con esta nueva pistas, Guy investiga a qué domicilio corresponde ese teléfono y en él se encuentra con una tal Helena que enseguida le reconoce como Sr. McEvoy y le pregunta por Denise, la joven de rasgos orientales. También le enseña una carta que Denise envió a Helena, desde Megève, justo antes de intentar cruzar la frontera de los Alpes franceses con dirección a Suiza. Helena le entrega una agenda que había pertenecido a Denise en la que figuraba la partida de nacimiento de la joven, y en la que consta que estuvo casada con un tal Jimmy Pedro Stern. Pero Helena desconocía ese dato.

Con esta última información sobre su pasado, Guy, ahora Pedro Mc Evoy, amante y no marido de Denise, se dirige hacia el muelle de Asuterlitz donde pregunta por el apellido de Denise, Coudreuse. Y el propietario de la taberna le da toda la información sobre la familia Coudreuse y sobre la joven y bella Denise.

A partir de este momento su memoria empieza a funcionar muy lentamente y recuerda la huida de París hacia los Alpes de su amigo Freddie, de la pareja de Freddie, Gay Orlow, de Denise y de él mismo así como del hockey del abuelo de Freddie, André Wildmer. Viajaban los cinco con un pasaporte de diplomático dominicano que el jefe de Pedro McEvoy, funcionario en la embajada de la República Dominicana, les había facilitado.

El hecho histórico que sustenta el relato es la huida de la población de París, ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Hay que mencionar, en cuanto al estilo de la narrativa del siglo XXI, que Patrick Modiano coloca su obra entre la narrativa, y el periodismo de investigación, manejándose  en  una ambigüedad magistral.

Sus personajes vagan por su universo literario a la búsqueda de su propia identidad; a la espera de la interpretación que el lector quiera hacer de los datos que en la novela se le presentan.

Cita dos publicaciones: París Soir y Paris Sport en pág. 204.

Otra característica común a todas sus novelas es el desplazamiento por la ciudad de París: el recorrido por sus calles.

He encontrado algunas pinceladas hiperrealistas:

“El humo de las pipas y de los cigarrillos sumía a los clientes de la barra en una niebla amarilla y aquella cara grande y roja se veía cada vez más desenfocada por el vaho que su propio aliento depositaba en el cristal.” Pág. 124