¿Es la filosofía un cuento chino?

Algunos ven en la filosofía un rollo indigesto. Este breve ensayo quiere presentar la otra cara de la moneda, la cara más amena e interesante. Gustará a quienes se inicien en esta materia y a los profesores que quieran mejorar su didáctica.
El autor resume en estas páginas un elenco de temas y enfoques especialmente atractivos, desarrollados con más amplitud en tres obras anteriores: los ensayos En torno al hombre y Desfile de modelos (Rialp), y el libro de texto Filosofía 1º Bachillerato (Edelvives).

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2004
120
9788433013934
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3
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Imagen de acabrero

(De la presentación del libro) Retrocedo con la memoria hasta el primer encuentro con la filosofía, en mi bachillerato gallego. Recuerdo perfectamente al profesor que nos descubrió el amor a la sabiduría... Sus alumnos bostezan. No es sueño ni tristeza. Es, como dice Machado, que tienen el vacío del mundo en la cabeza. Por otra parte, nada nuevo: ese vacío define precisamente la condición estudiantil y crea desde hace siglos la necesidad de la escuela. Pero desde hace pocos años hay algo inédito, una auténtica mutación cultural. Parece que perdemos nuestra vieja condición de homo sapiens, piel superada ya, y entramos en el 2000 como homo videns. Ahora, lo que no se ve en pantalla no existe, y esto es especialmente crudo para esta asignatura donde casi todo se juega en el terreno del concepto puro y duro.
¿Quién ha dicho que la filosofía es un ladrillo indigesto? Prácticamente, todo el mundo. De hecho, aquel primer encuentro con el sublime rollazo fue precedido de las más desalentadoras prevenciones. Nos decían que entrábamos en el gran templo del aburrimiento, donde se daba culto a grandes cabezas cuyo mérito masoquista había consistido en estrujarse las neuronas hasta destilar pensamientos absurdos, zumo de boina. Sin embargo... Nuestro viejo profesor de filosofía era un provocador nato. Y un encantador de serpientes. Provocaba con sus preguntas y encantaba con sus respuestas. Respuestas muchas veces disfrazadas de historias. ¿El hombre moderno es más inteligente que el prehistórico? ¿Cuál es la verdadera causa del tercer mundo? ¿La invención de un programa informático realmente inteligente es cuestión de tiempo? ¿La existencia de vida extraterrestre requiere algo más que condiciones adecuadas? ¿Vivimos o no vivimos en la caverna platónica? Cada una de esas preguntas, y otras muchas, escondía una carga de profundidad. Y cuando el cotarro entraba al trapo era conducido mucho más lejos de lo que había imaginado. Abandonabas confiado la perezosa orilla y te ibas adentrando en un pequeño mar de conocimientos e implicaciones. Y el mar era una esquina del océano.
Ya se sabe que el alumno bosteza, dormita y vegeta. Siempre ha sido así. Para eso le pagan. Pero él venía preparado, entrenado, decidido a despertar, agitar y zarandear con su receta infalible: el binomio historia-pregunta. Desde la tarima de un aula con vistas a la ría nos lanzaba la pregunta inquietante o nos envolvía en la magia de un relato escogido. Era la vieja táctica de un cuentista de lujo (Platón y sus mitos) y de un charlatán profesional (Sócrates y sus diálogos). No planteaba el debate de la moral desde los conceptos, simplemente nos introducía en el vértigo de Macbeth. Para explicarnos la sociedad y sus reglas de juego nos hacía sobrevolar la isla de Golding, ese magnífico experimento literario en un paraíso perdido. La manera de conocer en persona al superhombre de Nietzsche fue presentarnos a Raskolnikov. Si había que hablar del amor abría la clase con unos versos de Neruda o Salinas. Y si la cuestión era la muerte de Dios nos metía con Elie Wiesel en la pesadilla de su campo de exterminio.
Pocos años después obtuve la licenciatura en filosofía y me vi delante de un puñado de alumnos. Sufrí en mis carnes la dificultad de esa enseñanza, su carácter escurridizo hasta lo exasperante. Y al mismo tiempo recordaba a mi profesor vigués y decidía navegar en su estela. Este libro recoge algunos pormenores de esa navegación. Es quizá el libro que yo hubiera querido leer en mi primer encuentro con la filosofía, y que ahora brindo al inquieto adolescente obligado a estudiarla. Supongo que muchos de mis colegas lo encontrarán reconfortante.