Las aventuras de Huckleberry Finn

Como un canto a la libertad en la naturaleza ante una civilización que se juzga opresora, más o menos es conocida la leyenda instaurada por Mark Twain en "Las Aventuras De Huckleberry Finn". Huckleberry, antes de Lincoln, es el chico narrador sin omnisciencia; un reciente adolescente y que usa el lenguaje claro, directo e irreverente de Twain y sus colegas escritores del sur o suroeste estadounidense. Al empezar la novela, Huck se ha hecho rico mediante una peripecia narrada ya en el anterior "Las Aventuras De Tom Sawyer", aunque debido a la edad de Huck, un juez dispone de su dinero.

Entretanto, adoptado el muchacho por una viuda, ante un padre maltratador y pobre que quiere su posesión legal porque se ha hecho rico, Huck recibe el llamado de la naturaleza y se escapa de ambos. No escapa, claro, al mundo de la civilización y de la ley convencional, algo que en verdad, por cuestión de edad y crianza, aún no había alcanzado a asimilar y que es lo que permite el nudo dramático de la novela. Su conciencia, en efecto, y en cierto sentido, puede decirse que no es una tabla rasa, aunque no por ello ésta deja de estar a medio escribir.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2006
376
9788439720409
2010
168
978-84-667-8537
2016
344
978-84-16358-19

Colección: Sexto Piso Ilustrado

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Mark Twain escribió este libro ocho años después de que conociéramos al personaje en Las aventuras de Tom Sawyer. No es arriesgado afirmar que se trata de la obra maestra de Twain, una obra rebosante de ironía y de sano relativismo. Huck, educado en la moral de su época, sabe que debería denunciar a Jim, el esclavo negro que, ante la amenaza de ser vendido, se dispone a huir. Y Huck sabe que, ayudando a escapar a un negro, está «pecando», y que por ese camino «se condena». Pero, sin haber leído a Pascal, entiende perfectamente las «razones del corazón», y se salta la moral en favor de la amistad y el buen sentido. Por fortuna, la historia ha dado la razón a Huck.

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Se escapa en el Mississippi, pues; hacia la próxima amistad, hacia la ley natural. Éste, el viejo turbio, es un lugar de ensueño para Twain, que recrea su juventud fluvial, tanto de habitante como de marino, en aquella balsa donde escapan el protagonista y un negro fugitivo que Huckleberry encuentra en una isla y al que ya conocía: Jim, el amigo, el otro protagonista de la novela. Pero Jim ha debido hacer una confesión al encontrar a Huck, ya que él mismo había escapado, pero de la esclavitud. Su dueña pensaba venderlo al Sur profundo, el de las plantaciones donde las condiciones del esclavo eran todavía más duras. El lugar de la novela es esclavista; un negro escapado de su dueño es un desagradecido. Y el héroe, Huck, se escandaliza ante la confesión de Jim, pero calla y acepta, y juntos viajan en la balsa. El silencio es ya el acto de una conciencia que disiente con la sociedad. Y la balsa navega hacia los estados abolicionistas, pero como amenazada por las orillas; el mundo de la amistad se ve acechado por el mundo de los hombres, convencionalmente, sociales.

El río es idílico, y el agua morena fluye como fluyen las conversaciones de Jim y Huck. Mark Twain demuestra en ello toda su nostalgia, pero una nostalgia tal vez culpable. En efecto, se dan episodios donde la conciencia del narrador protagonista estalla de su latencia, ante la necesidad de denunciar a Jim. Es la mitad de su personalidad moral que quiere hacer el bien social; pero Huck es un marginado y las reglas no están del todo imbricadas en él. Ante ello, pues, la conciencia individual, por más confusa que sea, se alza contra las leyes sociales, que también pueden ser divinas o divinizadas por la iglesia (Mark Twain habla de ello en su Autobiografía). Huck se cree culpable por su silencio, y, en un momento de duda, acepta el infierno, pero no parece temerle, y acaso esa sea una indicación alusiva de que en verdad no cree en el infierno o que no cree en la ley de la sociedad, divinizada o no. Finalmente, las fuerzas de la sociedad de entonces, si bien liberan al esclavo, muestran no la justicia sino la gracia, no la ley sino el ilegítimo perdón de algo que después se comprobaría que no debía ser perdonado, sino abolido: la esclavitud.

Al final de la novela, se descubre que Jim ya era libre mediante un testamento de su dueña, que ya había muerto. En la novela, la conciencia, la conciencia emocional, se alzan ante la legalidad. Pero Huck, o el hombre individual, no pueden vencer esa legalidad. La guerra civil y sus millones de muertos, escriben con sangre la nueva ley que una parte de la conciencia de Huckleberry ya tenía.

La novela, enmarcada por los parajes fluviales, las puestas de sol, los amaneceres fugitivos, los troncos solitarios que se deslizan en el río, tan solitarios como la balsa que se desliza hacia el fracaso y la amistad, nos deja el gusto de que Huckleberry muestra una emoción que será convención, incluso gracias a la violencia de la guerra.