Un puente sobre el Drina

Hay un puente que une Bosnia con Servia y, más lejos, con las restantes partes del antiguo imperio otomano hasta Estambul. El puente se encuentra en Visegrad, ciudad bosnia. Construido en el siglo XVI, este puente ha sido testigo del paso de los hombres. Muchas, muchísimas historias recorren y construyen el puente. Ivo Andric (Bosnia, 1892) recibió el Nobel de literatura en 1961. Él es la voz del puente. Toda clase de noches, de días, pasan por este magnífico monumento de piedra. Andric deja fluir sus historias, la Historia. «La vida es un milagro incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar y, no obstante, dura y permanece sólidamente, como el puente sobre el Drina». Un libro especialmente hermoso que da razón de las existencias crueles, monótonas, bellas o penosas que discurren junto al agua.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1999
406

Publicado en 1945.

2009
512
978-84-9759-777
2016
448
978-84-9056-456
Valoración CDL
4
Valoración Socios
3.75
Average: 3.8 (12 votes)
Interpretación
  • No Recomendable
  • 1
  • En blanco
  • 2
  • Recomendable
  • 3
  • Muy Recomendable
  • 4

12 valoraciones

Libros relacionados

Comentarios

Imagen de enc

Es fascinante pensar en Ivo Andric, refugiado en Belgrado durante la Segunda Guerra Mundial, aprovechando para escribir "Un puente sobre el Drina". Se trata de un conjunto de historias acerca de la ciudad de Visegrado (Bosnia), donde el autor había vivido. El río Drina pasa por la ciudad y en 1566 el Gran Visir Mehemed Pachá ordenó construir un puente que uniese la región con el resto del Imperio Otomano. Se ha dicho de él que es un puente entre Oriente y Occidente en los Balcanes.

Los turcos se habían anexionado Bosnia en 1389. Los eslavos convertidos al Islam se consideraron turcos, en tanto que aquellos que no quisieron hacerlo continuaron unidos a la Iglesia Ortodoxa Serbia y siguieron considerándose serbios. Con el tiempo a estos dos grupos humanos se añadieron los judíos sefarditas llegados de España, que se asentaron en los Balcanes. Las historias de Ivo Andric van dirigidas a dar testimonio de la convivencia pacífica entre las tres comunidades.

 Los Imperios por definición son multiétnicos, pero con una vocación unificadora en lo político, jurídico y cultural. Esa ha sido su aportación a la lo largo de la historia y no se puede poner en duda, por ejemplo, la importancia del Imperio Romano para la cultura europea. Pero los Imperios también han tenido aspectos negativos: se han expandido mediante la conquista; producido tensiones nacionalistas en los pueblos sojuzgados, y, frecuentemente, han tenido que enfrentarse con otros Imperios y otros intereses. En el siglo XIX Bosnia fue punto de fricción entre los imperios Otomano y Austro-Húngaro; hubo un tercer actor que fue la monarquía Serbia, que conservaba el recuerdo de la Gran Serbia medieval. En 1908, contra la opinión de Serbia, Austria se anexiona Bosnia. Los serbios reaccionaron asesinando en Sarajevo al heredero del Imperio, el Archiduque Francisco Fernando. Resulta dramática la narración que hace Ivo Andric de la cacería de que fueron objeto los serbios en Bosnia. A continuación comenzó la guerra entre Austria y Serbia, que evolucionó hasta convertirse en la Primera Guerra Mundial. El puente sobre el Drina es un símbolo de convivencia. Había unido a dos pueblos durante siglos y, cuando comenzó la guerra, lo primero que hicieron los austríacos fue volarlo.

El Imperio Austro-Húngaro había favorecido el desarrollo económico de Bosnia; construído un ferrocarril que unía Visegrado con la capital, Sarajevo; los jóvenes ahora estudiaban allí, en Zagreb e incluso en Viena. Pero un nuevo escenario traerá ideas nuevas. El autor sitúa en el puente Mehemet Pachá un diálogo entre estudiantes, que imaginan una Federación de los pueblos eslavos liderada por Serbia: "Ya verás como levantaremos un Estado que será la más preciosa contribución al progreso de la humanidad; un Estado en que cada esfuerzo será bendito; cada víctima santa; cada uno de nuestros pensamientos original; un Estado en el que cada acción irá marcada con el sello de nuestro nombre (...) expresión del genio de nuestra raza (...) todo lo que ha sido creado durante siglos de administración extranjera parecerá un revoltillo de juguetes ridículos" (pág.386). Recuerda demasiado a lo que ocurre en Cataluña en la actualidad, la mística nacionalista. Ivo Andric, aunque católico de origen croata, creyó en todo ello y tuvo tiempo para desengañarse. Un siglo después serbios y bosnios siguen tratando de destruírse mutuamente.

"La maldad y la bondad está en los hombres" -reflexionan los ancianos turcos de Visegrado. Los derechos, la vida, el dolor y el gozo son de los hombres y los da Dios. Los pueblos han de tender puentes de colaboración y entendimiento, no entelequias imaginadas y peligrosas. Resulta interesante el coloquio entre dos jóvenes bosnios, uno nacionalista y otro que se proclama socialista. Discuten sobre qué es prioritaria: la independencia o la justicia social. Igual que hoy en Cataluña. Al final el botín no corresponderá a uno ni a otro, sino a la guerra y la muerte.

Lo más interesante del libro son los últimos capítulos (XVIII al XXV), correspondientes a finales del siglo XIX y comienzos del XX, pero hay que tener paciencia para llegar a ellos. No es un libro para leer rápido. No le sobra ni una palabra ni una línea.

Imagen de José Ignacio Peláez Albendea

Novela que mereció el Premio Nobel para el escritor Ivo Ândric en 1960. Es una novela coral que narra la historia convulsa de los Balcanes, en especial de Bosnia-Herzegovina, durante varios siglos, hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Está ambientada en la ciudad de Visegrad, situada a unas decenas de kilómetros al Oeste de Sarajevo, a orillas del río Drina. Un gran visir turco, natural de la ciudad, ordena construir el primer puente que une las dos orillas del río Drina, y tras varios años de trabajo, se da por concluida esta gran obra de ingeniería civil, que pasa a vertebrar la historia de la ciudad. Con el recurso literario de los transeúntes del puente y de los habitantes de la ciudad de Visegrad, se narra la convivencia entre las comunidades cristianas -ortodoxa y catolica-latina-, la comunidad islámica y la judía, que logran vivir con cierta paz y armonía; y los hechos históricos que modifican muchas veces la fisonomía política, demográfica y cultural de esta agitada península europea: la dominación turca, con el "tributo" anual de la entrega de niños para que sean educados en Estambul; las persecuciones contra los judíos, las rebeliones de los vecinos serbios al mando de la dinastía de los Karageorge, la anexión al imperio austro-húngaro, hasta el comienzo de la, así llamada por algunos historiadores, Guerra Civil Europea (1914-1945), con el asesinato en el vecino Sarajevo del heredero de la corona de Austria-Hungría, a manos de un terrorista serbio.

El puente sobre el Drina resiste todas las turbulencias históricas y es testigo mudo, y en algún modo protagonista de la historia de estas bellas tierras de frontera que son los países de la Península Balcánica, habitada por los eslavos, que poblaron estos valles y montañas a lo largo del siglo VI de nuestra era, ocupando desde las actuales Polonia, Eslovaquia y Bielorrusia, hasta Croacia, Serbia, Bosnia, Herzegovina, ya pobladas por los pueblos ilíricos, romanizados tempranamente, y de donde salieron toda una gran serie de emperadores romanos, entre los que destaca Diocleciano, del que se conserva su gran palacio en Split (Croacia). Más adelante, en el siglo X, los eslavos del Norte fueron separados de los eslavos del Sur por la invasión magiar, que ocupó la llanura de Panonia y la actual Hungría, sembrando el terror en Europa hasta su conversión al cristianismo en el siglo XI con su rey, San Esteban (en los libros litúrgicos se conservan oraciones para preservar del "peligro magiar").

El primer rey de Croacia, Tomislav, es reconocido por el Papa de Roma en el siglo IX, y desde entonces, Croacia miró más a la cristiandad latina, próxima también geográficamente a través del mar Adriático. Mientras Serbia se ligó más con la cristiandad ortodoxa, primero con Bizancio, y luego con Moscú, cuando por motivos políticos, quiso ser autocéfala e independiente de la Ortodoxia de Constantinopla.

La invasión turca encontró en parte de estas tierras, sobre todo en Bosnia, una herejía cristiana, los bogomilos, que había sido abrazada por algunos nobles; esta herejía, que guarda algunas similitudes con los maniqueos y los cátaros, fue terreno abonado para el arraigo del Islam en tierra europea, entre la población que ya había perdido la fe cristiana.

Desde entonces, los únicos europeos islámicos son los bosniacos; el resto del Islam europeo procede de fuera de Europa. En Bosnia, los que abrazaron el Islam lo hicieron también como factor de identidad no sólo religiosa, sino cultural y política. Esta es parte de la explicación -muy simplificada, por cierto- de la complejidad religiosa, cultural y política actual de Bosnia-Herzegovina.

La novela de Ivo Ândric describe la "gran" historia a través de la "pequeña" historia: las tradiciones, la vida religiosa, política, comercial y económica, cultural y familiar de este rincón de Bosnia.

La recomiendo vivamente para entender porqué, desgraciadamente, ha habido tantos conflictos en esta península europea de los Balcanes, y cuál puede ser la evolución futura, quizá: la convivencia de comunidades muy distintas en el respeto y la aceptación mutua, integrándose en la Unión Europea.

Imagen de Manu

La historia de un puente sigue siendo muy valiosa para entender la situación en los Balcanes.

Imagen de pepo

Publicada en 1945, esta novela se remonta a la baja Edad Media, cuando un sultán turco decide alzar un monumental puente sobre el río Drina, en la región de Bosnia. Con los avatares de su penosa construcción arranca este relato, en el que Ivo Andric cuenta la historia de Bosnia desde un ángulo que pretende hacer justicia a sus verdaderos protagonistas: los seres humanos sencillos que viven, aman, odian, trabajan, mueren en ese pequeño país. Y lo hace con la extensión necesaria de las grandes novelas-río, anclando el paso del tiempo –cinco siglos- en un símbolo: el puente. El narrador va eligiendo instantes significativos de la vida en la ciudad que crece junto al río, en las terrazas del puente o en los campos cercanos. Y describe estos momentos con un estilo sencillo y directo, acercándose a veces a algún personaje o suceso. Los años y el Drina van fluyendo sin cesar, pero la llama del sujeto colectivo bosnio, increíblemente heterogéneo –conviven las religiones musulmana, ortodoxa, católica y judía-, permanece gracias a esos chispazos de vida que se suceden alrededor del Drina. Desde la historia del niño serbio robado por los turcos que terminaría triunfando en la corte de Estambul y ordenando la construcción del puente, hasta el recuerdo del "muchacho sensible y desgraciado" que muere de amor, pasando por el entrañable tendero musulmán gruñón y reacio a cualquier cambio. Pero la llegada del siglo XX, en cuyos comienzos termina la novela, causará al puente su mayor herida. Antes, los ilustrados austríacos instauran el reino de la modernidad, con una "fe impura que se pone a ordenar y construir fanáticamente para después devorarlo todo". Con ellos llegan a la ciudad y sus jóvenes las nuevas ideas, incluido el nacionalismo. El equilibrio se tambalea. ¿Sobrevivirá el puente hasta el próximo siglo?