Exposición de D. Álvaro del Portillo



En estos días
prenavideños se ha inaugurado en el colegio Tajamar del madrileño barrio de
Vallecas una Exposición (20-22.XII y 8-24.I) sobre el Venerable Siervo de Dios
Álvaro del Portillo (1914-1994), Obispo y Prelado del Opus Dei, primer sucesor
de San Josemaría.


Como ha recordado el
Santo Padre Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, la misión de la Iglesia y de
cada uno de los cristianos, es contagiar la alegría del anuncio del Evangelio,
la figura amable y hermosa de Jesús. Precisamente la sonrisa acogedora del
Venerable Álvaro del Portillo en la fotografía de la entrada de la Exposición,
muestra el gozo de la fe cristiana.


Es difícil resumir la
vida de un hombre de Dios, de ahí que la visita a esta Exposición se nos puede
antojar minimalista. No olvidemos que el arte es reflejo de la naturaleza, como
decía el Siervo de Dios Antoni Gaudí. Y la naturaleza, como obra del
Creador, muestra su belleza tanto a
nivel macroscópico como microscópico. En esta Exposición se han escogido un
mundo de imágenes que desean reflejar la fidelidad de D. Álvaro y con pocos
rasgos lo han logrado.


Algunas personas se han preguntado
¿por qué Dios nos hace esperar a conocer la fecha de la beatificación si desde
el 5 de julio, al reconocer el Papa Francisco un milagro atribuido a su intercesión
ya está de hecho preconizado como beato? Lógicamente corresponde a la Santa Sede fijar la
fecha del acto en Roma, pero quizás, por nuestra parte, debemos ahondar en la virtud
de la fidelidad y, sin duda, es mucha lección para pocos meses.


Vir fidelis multum laudabitur. "El varón fiel será muy alabado". Estas palabras
de la Escritura nos recuerdan que la fidelidad del primer sucesor de San Josemaría son un aldabonazo para el alma: así fue su lucha
cada día; esforzarse por ser fiel a Dios en el camino de la vocación que le
había pedido y en ser fiel a Dios en la entrega generosa a los
demás.


¿Dónde estaba el secreto
de su fidelidad? La respuesta es inmediata: en la oración. Somos
muchos los testigos de su oración desde los primeros tiempos en 1935 hasta los
años finales de su vida.


Inmediatamente, deberemos
añadir, en la confianza que se deriva de la oración: el abandono en las manos
de Dios. De la confianza en Dios se llega a la virtud de la humildad que es siempre fiarse de Dios.


La noche de su muerte el
23 de marzo de 1994, el médico hacía todo lo posible por controlar el ritmo
cardíaco de su corazón en fibrilación y, en un momento determinado, comentó: "Padre,
no hay nada que hacer". Y D. Álvaro respondió: "me abandono en Dios" y,
seguidamente, falleció.


Pidamos a Dios a través
de la intercesión de D. Álvaro que esta Exposición sirva para que quienes la
visiten valoren la virtud de la fidelidad y se decidan a confiar en Dios y en la Santísima Virgen
sus afanes y sus ilusiones y con ellos vencer las dificultades grandes o
pequeñas que puedan presentarse en el camino.


 


 


José Carlos Martín de la Hoz