Es uno de los errores más graves y patentes en nuestra sociedad moderna: un notable egoísmo que lleva constantemente al yo, a estar bien, a tener caprichos, a tener placeres, dejando de lado cualquier otra tendencia más normal de otros tiempos, de buscar el bien, de pensar en los demás, de vivir la caridad…
La sociedad ha cambiado drásticamente en poco tiempo. Cuanto más alto nivel de vida más degradación de todo lo que significa amor, generosidad, capacidad de entrega y, por lo tanto, deseos de seguir la Ley de Dios, una moral recta en donde la preocupación por los demás fuera predominante. Ahora lo que se lleva es el afán de tener, el lujo, el vivir únicamente según mis gustos. Un planteamiento cristiano de amor a Dios y al prójimo no tiene apenas cabida, no se percibe fácilmente.
Y eso se nota. En la sociedad nuestra, occidental capitalista, se percibe esa despreocupación prácticamente total por los demás. Una despreocupación llamativa por lo trascendente. Cada vez se vive más como animales que solo aprecian lo corporal. El alma cuenta poco.
Como escribe Pablo Pérez López hablando de la universidad: “El efecto cultural fue la deformación de la idea tradicional de búsqueda de la felicidad para cambiarla en búsqueda del placer. Ahora bien, eso es tanto como renunciar al sentido, porque el placer es por definición momentáneo, o transitorio, y la felicidad demanda continuidad, pervivencia en el tiempo, y toda una vida, hasta llegar a la culminación del arco vital con la clave del sentido que solo es perceptible, que solo encaja, como la clave de un arco, y cuando es su última piedra, cuando lo termina”[1].
Se percibe fácilmente en conversaciones, sobre todo entre gente joven, a quienes no les importa que les escuche cualquiera. Se notan las tendencias. El materialismo es un mal muy presente en nuestra sociedad, y eso es opuesto a la trascendencia, a la vía de perfeccionamiento del alma, que queda tan al margen de una inmensa mayoría de los que viven hoy sobre todo en los países ricos. Da pena constatar que se ha perdido el sentido auténtico de la vida.
El autor de este libro pone un ejemplo: “En Suecia todo estaba bien, altos niveles de vida, progreso, pensamiento moderno. Luego llegó el momento de dar otro paso adelante para liberarnos de las estructuras familiares anticuadas que nos condicionaban la forma en que estábamos juntos, haciéndonos dependientes unos de otros”, señala el narrador. La idea era promover una sociedad de individuos cada vez más independientes de los demás. La familia fue considerada el último y quizá más peligroso reducto de dependencia”[2].
Este es el mundo en que vivimos ya, no solo en Suecia, y habría que buscar soluciones. No basta con detectarlo, hay que influir para hacer ver la pobreza vital que estos planteamientos suponen.
Ángel Cabrero Ugarte
[1] Pablo Pérez López, De mayo del 68 a la cultura woke, Palabra 2024, p.152
[2] Ídem, p. 133