Del 14 al 18 de mayo se ha celebrado en Turín (Italia) el Salón Internacional del Libro, bajo el lema El mundo salvado por los niños. En su mensaje a los organizadores, el papa León XIV ha instado a:
a) Promover una literatura que defienda la dignidad de toda persona, especialmente de los más vulnerables.
b) La literatura instrumento para la construcción de una sociedad más humana.
c) El libro escuela de fraternidad y paz.
d) La cultura literaria como espacio para el diálogo y la concordia.
e) Los espacios culturales lugares para el encuentro y entendimiento entre los pueblos.
Nos encontramos en un momento de intensa globalización en la literatura (no digo en la cultura que sería un objetivo mucho más ambicioso, quizás inconveniente). Sobre lo primero baste mencionar a Byung-Chul Han, un autor coreano, católico, que escribe filosofía en y desde Alemania. A la escritora y activista Ayaan Hirsi Alí, natural de Somalia, refugiada durante un tiempo en los Países Bajos donde llegó a ser diputada, y residente actualmente en los EE.UU. donde se ha aproximado al cristianismo. O al japonés Haruki Murakami -según dicen, eterno candidato al Nobel-, cuyos extraños valores ha difundido por todo el mundo y que manifiesta que sus libros se venden sobre todo en Rusia.
Ahora la pregunta es cómo hacer que la literatura -los libros- destaquen por sus valores. Si escarbamos un poco en la memoria, han destacado en ese sentido libros como La cabaña del tío Tom, de la norteamericana Harriet B.Stowe, publicado en 1852 y que puso en carne viva a la sociedad estadounidense sobre el problema de la esclavitud; El principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry, que ha interpelado a generaciones de lectores acerca de la ingenuidad y la inocencia; Rebelión en la granja (1945) de George Orwell, que abrió la primera grieta en el sistema represivo del estalinismo; o La ciudad de la alegría (1985), de Dominique Lapierre, que ha puesto ante los ojos del mundo la extrema miseria que existe en diversos lugares del planeta -entre otros en la India- y estoy seguro de que ha suscitado miles de vocaciones al voluntariado social y humanitario.
¿Qué es lo que hace que un libro, en un momento determinado, alcance ese tipo de repercusión? No se me ocurre más respuesta que pensar que el autor tenía una sensibilidad que le condujo a adoptar determinados valores, en medio de una sociedad receptiva para aceptarlos. Solo me quedaría sugerir que en el Club del Lector, más allá del interés o la valoración literaria que nos merezcan los libros reseñados, se mencione también la existencia o inexistencia en ellos de valores humanos y sociales.
Juan Ignacio Encabo Balbín
León XIV, en Aciprensa, 14 de mayo 2026.