Occidente nunca existió

 

David Graeber (1961-2020) fue uno de los anarquistas ingleses más famosos de la segunda mitad del siglo XX, y colaborador e impulsor de las ideas de la inconclusa revolución del 68.

Es interesante que en la propia definición de anarquismo que realiza en el libro termine por invitar al lector a que reconozca que anarquistas somos todos, en cuanto a defensores de la libertad y rebeldes ante este Estado opresor que todo lo quiere controlar y que termina por colocar cámaras de vigilancia por toda la ciudad, en todos los ambientes y especialmente en internet.

Ciertamente, la primera cuestión que debatirá ampliamente en los primeros artículos que componen este volumen será la cuestión de la igualdad, una de las utopías de la revolución francesa que de nuevo rebrota en nuestros días. Ciertamente todos somos iguales ante la ley y ante la policía, como burócratas del estado del orden y del constriñimiento, pero hay una desigualdad esencial que es inútil intentar cambiar y que solo lleva a la tragedia y la incomprensión.

Enseguida se centrará, como buen anarquista en defender el binomio entre libertad y propiedad privada que en España llevará al individualismo más atroz de la historia solo compensado por la fraternidad humana que en el anarquismo español fue signo de identidad: la confederación, la confraternización los llevó a convertirse en la primera fuerza sindical con casi 500.000 afiliados antes de la guerra civil.

Asimismo, acometerá la destrucción del concepto del occidente cristiano con una pretendida y absurda definición de la izquierda que no sostiene nadie. Ciertamente el humanismo cristiano ha sido el continuador desde la Escuela de Salamanca hasta nuestros días de la civilización occidental. Ciertamente, los liberales progresistas y los liberales conservadores eran humanistas cristianos y lo han continuado siendo hasta nuestros días.

También se refiere extensamente al problema del odio que difundió el marxismo como motor de la historia, de modo que hasta que no se tomaba conciencia de clase no se era persona. Ciertamente el odio hoy día está tan mal visto que, según nuestro autor, no se debe decir amar al pecador y odiar el pecado” (187).

Enseguida volverá a otro de los conceptos clave del anarquismo que es la solidaridad con la clase obrera, en nuestro tiempo con los emigrantes, no con los rumanos a quienes se detesta cordalmente (321).

En definitiva, al término del trabajo debemos volver a la conclusión con la que arrancaba el mismo: “seguramente todos somos anarquistas, aunque no lo sepamos a ciencia cierta” (209).

José Carlos Martín de la Hoz

David Graeber, Occidente nunca existió. Ensayos sobre la libertad, Ariel, Barcelona 2026, 431 pp.