El caballo de Troya en la ciudad de Dios

Publicado en 1967, este libro denuncia los excesos en los que estaban incurriendo, después del Concilio Vaticano II, los llamados católicos progresistas.

De su lectura se desprende que el error de intelectuales y teólogos provenía de utilizar filosofías incompatibles con la fe, especialmente el idealismo alemán e incluso filosofías materialistas; una concepción antropocéntrica de la filosofía, de la moral y del mundo.

El título es expresivo del mensaje que quiere trasmitir el autor.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1972
286
84-7071-265-9

Original de 1967.

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"En los momentos de crisis profunda en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido la preparación espiritual y doctrinal suficiente, y los resortes morales e intelectuales para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad" (De san Josemaría Escrivá, en J.M.Cejas, Cara y cruz, pág.586).

El profesor Dietrich von Hildebrand, filósofo alemán converso al catolicismo, formó parte de esa minoría que, pluma en mano, trató de oponerse a la proliferación de errores doctrinales y teológicos que, en un momento determinado, se estaba produciendo en la Iglesia.

Henri de Lubac había afirmado: "Con el nombre de Iglesia nueva o post-conciliar se quiere a veces instaurar una Iglesia distinta a la de Jesucristo" (pág.208). Von Hildebrand ve en los católicos progresistas un "vivo anhelo de reemplazar todas las verdades reveladas y los valores por ideas de última hora" (pág.215). "Piden a la Iglesia que se adapte al mundo moderno" (pág.149), pero "no es la religión la que tiene que adaptarse al hombre, sino el hombre a la religión" (pág.91).

Se comienza por renunciar al esfuerzo que supone la búsqueda de la verdad sustituyéndola por eslogan: "Los eslogan van sustituyendo cada vez más a los argumentos y pruebas (...), constituyen uno de los mayores enemigos de la sabiduría y la verdad" (pág.140) "Para las mentes no-críticas -explica-, el hecho de que algunas  ideas tengan muchos partidarios es un poderoso argumento a favor de su veracidad" (pág.104). "Nuestra tarea consiste en adoptar una actitud objetiva y crítica hacia nuestra propia época" (pág.92).

Para el profesor "la preferencia [de la Iglesia católica] por la filosofía tomista está motivada por el hecho de que protege la mente de las aventuras filosóficas que podrían conducir a herejías" (pág.66). El autor se refiere negativamente a pensadores y teólogos como Bertrand Russell, Heidegger, Bultman o Karl Rahner y dedica un largo apéndice a criticar la teología-ficción del Teilhard de Chardin (1881-1955). Por el contrario, cita favorablemente a autores laicos como Kierkegaard, Maritain o Gabriel Marcel.

Varias han sido las causas que han llevado a los hombres de nuestro tiempo a apartarse de la sana doctrina: a) El deseo de racionalizarlo todo, incluidos los misterios divinos (pág.165). b) La idolatría de la ciencia, de la cual se esperan todas las respuestas al enigma del hombre (pág.122). c) La búsqueda a ultranza del bienestar material por encima de la perfección moral y la evitación del pecado (pág.185). A ello habría que añadir la rebeldía, que se convierte en negación, ante las normas morales exteriores al sujeto.

En el Epílogo el autor confiesa que "este libro lo he escrito movido por un hondo dolor al ver cómo están surgiendo tantos falsos profetas en la Ciudad de Dios, (...) con el cuento de dar a la revelación cristiana la interpretación que corresponde al hombre moderno" (pág.252). Podríamos añadir que aquella época ha pasado, pero sus consecuencias han llegado hasta el día de hoy; sigue siendo necesario divulgar, a través de los medios a nuestro alcance, el recto y sobrenatural mensaje cristiano.

Para lectores interesados.