Declaración "Dominus Iesus"

En el año 2000 la Congregación para la Doctrina de la Fe, que presidía el Cardenal Ratzinger, hacía pública, con la firma del Pontífice, la Declaración "Dominus Iesus", sobre la Unicidad y Universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Unicidad salvífica de Cristo significa que "no se nos ha dado otro nombre por el que podamos ser salvos" (Act.4,12). Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, segunda Persona de la Santísima Trinidad, es el único que puede ofrecer al Padre el sacrificio para el perdón de los pecados y la reconciliación de la humanidad con Dios. Palabra eterna del Padre, en Él alcanza su plenitud la revelación pública divina. A fin de mantener viva su presencia y su salvación entre los hombres de todas las edades fundó la Iglesia, instrumento ordinario de salvación, que opera en el mundo animada por el Espíritu Santo.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2000 Ediciones Palabra
90

El volumen contiene también la presentación que del documento hicieron el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores.

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Cuando S.S. Juan Pablo II firmó y ordenó publicar la Declaración "Dominus Iesus", que resume la doctrina tradicional católica sobre la Unidad y Universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, hubo quien afirmó que dicha Declaración iba contra el espíritu ecuménico. ¿Qué sentido tiene hablar de "diálogo" si las partes consideran sus posiciones como "dogmáticas" y por consiguiente irrenunciables? La misma Declaración responde a esta pregunta. El diálogo ecuménico no debe considerarse como una operación aritmética a través de la cual se llegue a un resultado nuevo y original, sino "una actitud de comprensión y una relación de conocimiento recíproco y mutuo enriquecimiento". Para que el diálogo sea sincero es preciso que ambas partes expongan con claridad sus puntos de partida dogmáticos y teológicos. Por otra parte la Declaración "Dominus Iesus" no se limita a realizar una síntesis -muy bien hecha y fácilmente inteligible- de la doctrina tradicional católica sobre Jesucristo y su Iglesia, sino que también retoma la doctrina del Concilio Vaticano II enriquecida con el reciente magisterio de Juan Pablo II. El documento se pregunta qué hay de verdad y qué hay de salvación fuera de la única Iglesia de Cristo. Afirma que las Iglesias separadas (la declaración cita exclusivamente a la ortodoxia), que mantienen la sucesión apostólica y la Sagrada Eucaristía, tienen el carácter de Iglesias particulares respecto de la Iglesia católica y universal, aunque no se beneficien del gobierno universal de Pedro. En segundo lugar, repitiendo la doctrina conciliar, afirma que en las demás religiones, cristianas o no, existen elementos de Verdad a través de los cuales los hombres han adorado al Dios único a través de los siglos. Esto permite que, de un modo que desconocemos, la gracia obtenida por Jesucristo pueda llegar a quienes no le conocen para que puedan ser salvados. Además de sentar las bases para el diálogo ecuménico, la Declaración "Dominus Iesus" busca atajar la proliferación de las sectas (Iglesias del Espíritu Santo, Iglesias del Reino de Dios) que aprovechan el desconocimiento doctrinal y la libre interpretación de las Sagradas Escrituras para elaborar una Teología de salvación errónea y particularista. El último beneficio que podemos señalar de esta Declaración reside en alimentar la fe de los católicos -también de los teólogos- en una época de relativismo y de silencio. Es bueno para los católicos recuperar el tono dogmático de las verdades de la fe, que no humillan la inteligencia, y nos hacen amar con agradecimiento a Dios, a su Hijo Jesucristo, a la Revelación que de Ellos proviene y a la Iglesia, instrumento ordinario de salvación para los creyentes. La Declaración contiene unas breves pero interesantes aclaraciones sobre "el Reino de Dios en la tierra" que no se identifica totalmente con la Iglesia.