Lamentable opción benedictina

 

Es el calificativo más moderado que se me ocurre, y me preocupa de este libro que haya tenido cierto éxito. Se publican muchas tonterías que, a Dios gracias, nadie lee. Pero me da pena que se haya dado bombo a este libro tan dudoso. En todo caso, estoy casi seguro de que muchos de los que lo han comprado no lo habrán leído más que en las primeras páginas. Quizá  suficientes páginas como para desorientar a algún lector cristiano bien intencionado.

La pretensión del autor es, al igual que San Benito al ver la destrucción de Roma, retirarse al desierto, escapar de la sociedad pervertida. Pretende que nosotros ahora, viendo la irreligiosidad de Occidente, nos ocultemos en comunidades cerradas. Y claro, por lo tanto, dejar de lado el mandato de Cristo: “Id al mundo entero y predicad el evangelio”.

A lo largo de los siglos hemos tenido infinidad de mártires, que han dado su vida por hablar de Cristo a diestro y siniestro, gracias a lo cual la Iglesia ha crecido siempre, en todas las etapas de la historia desde su fundación. También ahora, en estos tiempos lúgubres para la vida religiosa en Occidente, la Iglesia crece, porque en contraste con la apatía de muchos occidentales, se bautizan miles en África, Asia y Oceanía.

Pero esto solo ocurre porque el buen cristiano da la cara. Y, en toda la historia de la Iglesia, excepto los primeros siglos, con la ayuda de la oración de los religiosos, de clausura o no. Pero es evidente, indiscutible, que los religiosos han sido siempre una minoría, un porcentaje mínimo de personas que se apartan del mundo. O sea, ellos, sin los cristianos de a pie no hubieran hecho crecer a la Iglesia. En la Iglesia siempre ha habido maravillosos misioneros que han ido a tierras lejanas, en muchas ocasiones, para llevar la fe de Cristo.

Y en la Iglesia ha habido siempre, y hay en estos momentos, muchos miles de hombres y mujeres que llevan su fe a todas las esquinas de este mundo nuestro, con las solas excepciones de los dos o tres países donde el poder político no permite que haya iglesias ni sacerdotes.

Y todo esto, obviamente, no puede ocurrir si los cristianos se encierran en sí mismos para protegerse. El libro de Rod Dreher me parece un error. Incluso en estos tiempos que corren, donde hay tanta inmoralidad y tanto afán por el dinero, vemos que hay luces en la sociedad, luces esperanzadoras, ejemplos de amor y entrega. Si se encerraran en comunidades para protegerse no darían ningún ejemplo. El planteamiento me parece una gran equivocación.

Lamentable porque la propuesta de este libro es lo que más puede desear el príncipe del mal. Que los buenos, los que saben lo que es vida cristiana, se encierren en comunidades, en ambientes aislados, para protegerse. Es un ejercicio de cobardía. Que se le ocurra al autor que igual que en el diluvio universal lo que hizo Noé fue un arca para escapar al ambiente, es no entender nada de la Sagrada Escritura. Nada de nada. Y que se queje de que la Constitución americana separe la religión del Estado es no enterarse del mal tan grande que la mezcla del poder temporal con el eclesiástico ha hecho a lo largo de los siglos. Quizá por eso se ha pasado a la iglesia ortodoxa.

“Id al mundo entero a predicar el evangelio”. El cristiano en medio del mundo es luz y principio de conversión para muchos. Esconderse es una cobardía inútil.

Ángel Cabrero Ugarte

Rod Dreher, La opción benedictina, Encuentro 2018