Los límites del perdón

Transcurre la Segunda Guerra Mundial. Simon Wisenthal se encuentra en un campo de trabajo en Polonia y una enfermera le conduce al Hospital. Está muriendo un SS recién llegado del frente ruso y ha solicitado la presencia de un judío. El joven relata a Simon una matanza de hebreos en la que ha participado y le pide perdón por ello.

Wisenthal siente compasión, pero abandona la habitación sin decir una palabra. Sin embargo, le queda la duda de si debería haber perdonado al hombre para que muriese en paz. El autor termina el relato preguntando: "¿Qué habrías hecho tú -lector- en mi lugar?" (pág.80).

En el resto del volumen se recoge la opinión de 46 personajes que responden a esa pregunta: desde el Dalai Lama a Albert Speer, Primo Levi o Herbert Marcuse. Algunos profesores utilizan este libro para hablar a sus alumnos sobre el Holocausto.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2019
203
84-493-0631-0

Subtítulo: Dilemas éticos y racionales de una decision.

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Más de la mitad del libro contiene la contestación de 46 personajes a la pregunta de Wiesenthal: "Qué hubieras hecho tú -lector- en mi lugar". Las respuestas obedecen a puntos de vista distintos; en parte son confusas o repetitivas; pero hay detalles que podemos compartir. Veamos:

Una minoría da una respuesta afirmativa: que Wiesenthal debía haber perdonado al joven soldado. No obstante el perdón debe ser libre y el autor tenía delante de él a un SS, cuerpo al que pertenecían sus carceleros a los que diariamente veía asesinar judíos. ¿Cómo podía sentirse libre frente a él? Por otra parte ¿con qué poder iba a perdonar crímenes cometidos contra otras personas? Hay quien menciona que Jesús, en la Cruz, pidió el perdón de Dios para los que le crucificaban. Y es cierto, siempre podemos pedir a Dios el perdón para aquellos a los que queremos ver perdonados, pero no somos nosotros quienes absolvemos; es sólo Dios. Nuestro perdón no supone una absolución.

La respuesta mayoritaria es negativa: Simon Wiesenthal no podía, ni debía dar su perdón a aquel soldado. Algunos sugieren que el alemán debía haber llamado a un sacerdote de su religión, no a un judío. Otro manifiesta que el autor podía haber recomendado al SS que pidiera perdón a Dios. La mayoría tiene una visión negativa de la escena y opina que si el alemán no se hubiera visto a las puertas de la muerte no se hubiera arrepentido. Hay uno que desea que el alemán se pudra en el infierno. Otros manifiestan que si se prodigase el perdón a los criminales estos podrían reincidir; máxime tratándose de algo tan serio como fue el Holocausto.

La realidad es que hay que distinguir entre la justicia, la culpa y el perdón. Este puede blanquear la culpa pero no condona la deuda que el criminal tiene con la justicia. Los juicios de Nuremberg hicieron justicia con los dirigentes nazis, máximos responsables del genocidio, pero muchos ejecutores de segunda fila invocaron haber actuado cumpliendo órdenes. Es posible que ello les eximiera de culpa, pero no de la responsabilidad por los actos cometidos. En caso contrario ¿qué reconocimiento daríamos a aquellos que se negaron a cumplir las órdenes criminales y perdieron sus vidas por ello?

Hay quien cita la necesidad de reconciliación, pero no hay reconciliación sin justicia. Aun así hay que tener en cuenta que los alemanes sufrieron las consecuencias de la derrota: vieron bombardeadas sus ciudades, ferrocarriles y fábricas, experimentaron grandes penalidades en la postguerra y su territorio fue recortado. Por lo tanto se produjo un cierto equilibrio, no en lo referente a la culpa sino en orden al sufrimiento, y, en ultimo extremo, a la justicia.

Hay quien sugiere, en fin, que más allá de los hombres la culpabilidad fue de la ideología y ahí no cabe discrepar. La siembra del odio siempre es culpable; lo demás son consecuencias, previsibles o no. Da pena leer cómo el joven había sido católico en su infancia y la participación en las Juventudes Hitlerianas le había apartado de su fe y su familia.