En 2009 Asia Bibi residía en Ittan-Walli, una pequeña comunidad agrícola en Pakistán. La suya es la única familia cristiana (católica) de la aldea. Trabajando en el campo con otras mujeres, Asia bebe agua del pozo con una vaso que encuentra allí mismo. Las musulmanas declaran que ahora el vaso y el agua están impuros por haberlos tocado una cristiana. La golpean y denuncian ante la policía.
Se aplica a Asia la Ley sobre la blasfemia -no ha blasfemado- y es condenada a muerte. Permanecerá nueve años en la cárcel, en medio de grandes sufrimientos para ella y su familia. En 2019 y gracias a la presión internacional, el gobierno la permite abandonar el país junto con su marido e hijas. Asia sigue amenazada de muerte por los islamistas, por lo que la familia vive en Canadá bajo una identidad ficticia y con la protección del Gobierno de ese país.
| Edición | Editorial | Páginas | ISBN | Observaciones |
|---|---|---|---|---|
| 2020 | Homo legens |
197 |
978-84-18162-06-0 |
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Encontramos un cierto
Encuentro un cierto paralelismo entre lo que nos cuenta este libro sobre los sufrimientos de Asia Bibi, y la pasión y muerte de nuestro Señor Jesuscristo. Como si Él la hubiera elegido para compartir sus padecimientos.
La pasión de Asia Bibi comienza en 2010, cuando trabajando en el campo con otras mujeres sintió sed y bebió agua de un pozo con el vaso que encontró allí mismo. Inmediatamente las musulmanas la acusan de haber contaminado el vaso e incluso el agua al tocarlos con sus labios impuros como cristiana. De algún modo, el episodio evoca la escena que narra el evangelista San Juan: Caminaba nuestro Señor Jesucristo atravesando Samaría cuando, sintiéndose cansado, se sentó en el brocal del pozo de la aldea de Sicar. Se acerca una mujer para sacar agua del pozo y Jesús le pide: "Dame de beber". Ella le responde: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" (Jn.4-4 y ss). Encontramos aquí la distancia creada artificialmente entre las personas en base a sus ideas, incluida su religión.
Asia Bibi es golpeada por sus vecinas musulmanas y la arrastran hasta un tribunal que le aplicará la ley sobre la blasfemia -aunque ella no había blasfemado- y la condena a muerte. Recordamos cómo la blasfemia fue el argumento que utilizó el sanedrín de Jerusalén para condenar a muerte a Jesús. Podemos leerlo en el evangelio de San Mateo, cuando el sumo sacerdote se dirige hipócritamente a la asamblea para decir: "Ha blasfemado ¿qué necesidad tenemos ya de testigos? A lo que ellos respondieron: Reo es de muerte" (Mt.26,65). Condenado a muerte, Jesús es golpeado y humillado por los criados del sumo sacerdote. Algo parecido narra Asia Bibi: "Me pegaban, herían y humillaban" (pág.42). Durante nueve años la pequeña cristiana tendrá que soportar el miedo y los golpes. "Señor -pregunta en su oración- ¿por qué me sometes a esta prueba?" (pág.45).
Sabemos por los evangelios que al día siguiente los judíos llevaron a Jesús delante del procurador romano, Poncio Pilatos. Éste se dio cuenta de que el Señor no había hecho nada malo, pero "viendo que nada adelantaba, antes bien crecía el tumulto, se lavó las manos a la vista del pueblo diciendo: Inocente soy de la sangre de este justo (...) y después de haberle hecho azotar le entregó en sus manos para que fuese crucificado" (Mt.27, 24-26). Asia Bibi confiaba en que los jueces la declarasen inocente, ya que no había blasfemado, y se quedó helada cuando el Tribunal Supremo de Lahore confirmó la condena a muerte. Entonces reflexiona: "Los extremistas islamistas son malos no solo con los cristianos, también aterrorizan a los musulmanes (...). Todo el mundo les teme, incluso los ministros y el presidente. Los jueces de Nankana y del Tribunal Supremo de Lahore tuvieron que tener miedo de ellos para condenarme a la pena capital (págs.63 y 64).
Ya en la Cruz, Jesús pedirá el perdón para sus verdugos: "Padre, perdonales porque no saben lo que hacen" (Lc.23,34). Asia Bibi sabe que también debe perdonar: "No siento odio hacia nadie. Perdono a todo el mundo y rezo por quienes me han hecho daño" (pág.142). En su celda, mientras reza el rosario piensa: "Cristo nos ha perdonado y yo también debo perdonar a todos los que me hacen daño" (pág.155). Hay que hacer notar cómo Asia sabe que podría dejar de sufrir si abjurase de su fe y abrazase el Islam: "Me he negado -dirá- a abjurar de mi fe a cambio de una liberación inmediata" (pág.31), y, al final del libro se dirige a los lectores para pedirles lo mismo: "Os ruego que seáis fieles a vuestras creencias, aunque tengáis que enfrentaros a la espada (pág.194).