Se trata de una novela con tres protagonistas: la señora Seld, Michka; la enfermera y el logopeda. Historia de amabilidad de dos profesionales que se desviven por la anciana. Como esta tiene ya muchos años, uno de sus problemas es la falta de memoria y, sobre todo, la dificultad para poder hablar con normalidad. Las escenas de atascos con el lenguaje hacen del relato algo simpático y divertido. Pero, ante todo, la dedicación de los dos profesionales habla de generosidad y entrega.
Hay mucho cariño y dedicación por parte de los dos expertos. Se vislumbra, en los comentarios de la anciana, la realidad de una posible defunción: por edad y por enfermedad. Está muy limitada. La amabilidad de los profesionales hace que se vea más lejos el fin: seguramente, desde un punto de vista profesional, y al haberse encariñado con la paciente, parece como si se dejara para más lejos la posibilidad de un final.
El libro se lee muy bien, con gusto y, a veces, incluso con diversión, porque se dan muchas situaciones curiosas en las reacciones de la enferma. Las equivocaciones en las palabras que la anciana quiere pronunciar llevan al lector a la risa contenida. Por un lado, da pena la limitación, pero al mismo tiempo es divertida la situación de dificultad para hablar.
Pero no deja de ser un poco triste que, en estas situaciones, en las que una persona está llegando al final de su vida, no haya ni la más mínima referencia a lo trascendente. La impresión que produce es que esas personas protagonistas, ante la probabilidad de la muerte, no tienen ni la más mínima idea de lo sobrenatural. Además, de la vida de los dos profesionales se habla algo: en los dos casos nos encontramos con situaciones irregulares en sus matrimonios, que se mencionan como algo bastante normal.
Puede haber infinidad de novelas que, teniendo en cuenta la temática, no traten para nada una cuestión religiosa, ni poco ni mucho, porque no viene a cuento. Pero estar cercano a la muerte, tener delante a un enfermo que se puede morir en cualquier momento, y que no haya ni una sola referencia al más allá, manifiesta cómo es la vida interior de la autora, que probablemente ni se le ha ocurrido. Y podríamos decir que manifiesta la situación de tantos lectores que se han quedado en detalles y para nada han pensado en qué puede ser de aquella pobre anciana en cuanto termine su existencia terrena.
La verdad es que el libro te lleva por unos planteamientos simpáticos, con dos jóvenes expertos totalmente volcados en cuidar de su enferma. Y que la anciana probablemente no se plantea nada sobre la cercanía de la muerte. Seguramente no se ha planteado la posibilidad del final.
En el día a día en algunos hospitales sí se observa una cierta preocupación. Por parte del enfermo y, como consecuencia, del enfermero o el médico. Entonces se procede a avisar al capellán del lugar. Se le avisa con tiempo porque no siempre está disponible. Hay que ser previsores: eso es ya una cierta visión trascendente. Ante la posibilidad del deceso se busca al sacerdote porque el enfermo lo pide.
Esto era bastante habitual hace unos cuantos años. Ahora menos. Es posible que el hecho de tratarse mucho menos de lo esencial termine en una dejación penosa.
Ángel Cabrero Ugarte
Delphine de Vigan, Las gratitudes, Anagrama 2022