El mal de Corcira

«Lorenzo Silva retrata la Guardia Civil con un cuidado semejante al de Le Carré cuando escribe sobre el espionaje británico.» Antonio Muñoz Molina

Un varón de mediana edad aparece desnudo y brutalmente asesinado en una solitaria playa de Formentera. Según varios testimonios recogidos por la Guardia Civil de las islas, en los días previos se lo había visto en compañía de distintos jóvenes en locales de ambiente gay de Ibiza. Cuando sus jefes llaman a Bevilacqua para que se ocupe de la investigación y lo informan de la peculiaridad del muerto, un ciudadano vasco condenado en su día por colaboración con ETA, el subteniente comprenderá que no es un caso más.

Para tratar de esclarecer el crimen, y después de indagar sobre el terreno, Bevilacqua tendrá que trasladarse con su equipo a Guipúzcoa, el lugar de residencia del difunto, a una zona que conoce bien por su implicación casi treinta años atrás en la lucha antiterrorista.

Allí deberá vencer la desconfianza del entorno de la víctima y, sobre todo, lidiar con sus propios fantasmas del pasado, con lo que hizo y lo que dejó de hacer en una «guerra» entre conciudadanos, como la que veinticinco siglos atrás hubo en Corcira —hoy Corfú— y que Tucídides describió en toda su crudeza. Esos fantasmas lo conducirán a una incómoda pregunta que como ser humano y como investigador criminal le concierne inexcusablemente: ¿en qué medida nos conforma aquello contra lo que luchamos?

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2020
537
9788423357567
Valoración CDL
3
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2
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Un hombre aparece asesinado en una playa de la isla de Formentera. Se conjetura que pudiera ser un crimen pasional entre homosexuales, pero la víctima es un antiguo colaborador de ETA que ha cumplido pena de cárcel y está reconvertido a la vida civil. Esta es la causa por la que interviene en la investigación la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil y concretamente el subteniente Bevilaqua con sus colaboradores.

En la novela encontramos dos argumentos entremezclados y una introducción. La introducción hace referencia a una detención en la que resulta herida la brigada Virginia Chamorro, segunda de la Unidad. El primer argumento trata sobre el asesinato del ex etarra Igor López Etxevarri y podría formar por sí mismo una novela de Bevilaqua, interesante sin más pretensiones. El segundo argumento es una novelación, algo deshilada, de sucesos referentes a la lucha contra ETA en el País Vasco, que el autor trata de dar unidad a partir del asesinato de Etxevarri. Este argumento tiene un trasfondo histórico y crítico -aunque el autor se esfuerce por novelarlo- y a través de él Silva llega a las siguientes conclusiones:

A) Que ETA pudo prosperar a causa de la cobardía de la población vasca. Unos se dedicaron a conservar el fuego de la causa vasca, el mito del genocidio de un pueblo, de su cultura y su lengua, mientras que otros la utilizaban junto con otras fuentes no vascas -por ejemplo el maoísmo, Fidel Castro o el Ché Guevara- para desencadenar una guerra homicida contra determinados sectores de población, incluidos antiguos militantes abertzales.

B) El autor señala los atentados indiscriminados en los que murieron niños -por ejemplo contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Vic o el atentado de Hipercor- como el principio del fin de ETA y causa de división dentro de la organización.

C) Lorenzo Silva mantiene la tesis de que, a partir del cese de la lucha armada el País Vasco se encuentra pacificado y se puede viajar por él con seguridad, incluso identificándose como miembro de la Guardia Civil. Ello no quiere decir que no se mantenga el mito de la humillación de un pueblo, pero aceptando que no se puede echar un pulso al Estado y que la violencia es incluso contraproducente para las pretensiones nacionalistas.

D) El autor reconoce que se produjeron excesos en la lucha antiterrorista y mantiene que, para cerrar las heridas abiertas es preciso que ambas partes reconozcan sus crímenes. En este sentido, el extraño título de El mal de Corcira está tomada del historiador griego Tucídides. Este explica en La guerra del Peloponeso, el odio con el que se enfrentaron en la isla de Corfú (Corcira) la facción proateniense y la facción proespartana. Este enfrentamiento llevó al odio entre connacionales, a la división de las familias y a crueles asesinatos. El autor establece un paralelismo con lo ocurrido en el País Vasco.

En conclusión, en esta novela encontramos dos historias que por separado tendrían sentido, pero que juntas no terminande encajar. La historia del país Vasco y de ETA es demasiado extensa para poder encerrarla en una sola novela, pero se prestaría a hacer con ella algo así como unos Episodios. Como siempre, Lorenzo Silva hace un despliegue de erudición filosófica, histórica, incluso musical y de estilo literario.

Imagen de Azafrán

Tres meses tardó Lorenzo Silva en poner por escrito esta novela, la número 12 de la saga del subteniente de la Guardia Civil, Rubén Bevilacqua, y su mano derecha la brigada Virginia Chamorro, aunque es el fruto destilado tras 10 años de maduración.

A través de ella conocemos las andanzas profesionales de los protagonistas de este relato en su trajín diario por identificar a los malos. En esta ocasión, les encontramos en plena acción intentando detener a un sospechoso de inducción al asesinato del propio jefe de la empresa donde trabajaba, presunto inductor del crimen. Esta detención se resuelve con un tiroteo a consecuencia del cual la brigada Chamorro sufre una herida de bala en el hombro y tiene que ser hospitalizada.

Coincide este desafortunado incidente con el requerimiento del subteniente Bevilacqua, Vila. Este debe acudir al despacho del teniente general del mando de operaciones, Pereira, quien le pedirá que vuele a Formentera donde se ha encontrado un cadáver de un etarra, un viejo conocido de la casa, muerto a golpes en una playa solitaria.

La razón de tal requerimiento se basa en la experiencia acumulada por Vila en el País Vasco durante los años cuando los de ETA sumaron más víctimas entre los guardias civiles y sus familias. El propio Pereira trabajó por aquel entonces en aquel terreno y fue quien invitó a Vila a implicarse en un comando de inteligencia capaz de descifrar la estrategia seguida por ETA e impedir más asesinatos.

Esta nueva misión será el detonador de los recuerdos relacionados con aquellos años del subteniente Vila y que Lorenzo Silva va intercalando en capítulos alternados con la resolución del asesinato del etarra que se le encomienda. De aquellos años recuerda especialmente al cabo Leandro Álamo con el que compartió tareas y quien le puso el alias de Gardelito, en atención a su procedencia de Montevideo.

Viaja el subteniente Vila solo y a su llegada encuentra toda clase de facilidades por parte del teniente Tomeu, de la Unidad de Policía Judicial de Mallorca y el comandante Tuñón, que es el que manda en Ibiza y Formentera. Allí fue informado de la identidad de la víctima: Igor López Etxebarri, vinculado al comando Éibar del 91. Poco después de la caída del comando, este etarra desempeñó funciones logísticas en Francia donde finalmente fue apresado y pasó una temporada en las cárceles y en 2012 se procedió a su traslado a cárceles españolas. Posteriormente se acogió a las medidas de inserción y durante los últimos años disfrutaba de la calle, desvinculado de ETA aparentemente.

Vila representa al guardia civil intelectual que busca en los libros las ocultas razones que mueven al ser humano. Por ejemplo, la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides, le sirve también a Lorenzo Silva para establecer la justificación del argumento y título de la novela. Pero no es la única. Encontramos también las referencias filosóficas que sustentan el pensamiento político-filosófico de ETA. Y, sobre todo, referencias a la música, a canciones que ayudan al lector a entender el desenvolvimiento del argumento.

Resulta que el etarra asesinado, Igor López Etxebarri, era homosexual. Las investigaciones seguidas por Vila y el equipo de guardias civiles con los que trabaja en las Baleares, dan con pruebas circunstanciales contra su pareja, un joven a quien conoció en las redes y que se prestó a pasar el fin de semana en Formentera con él: vídeos recogidos por las cámaras del entorno, testimonios, incluso coincidencias de las torres de telefonía móvil. Como resultado se detiene a Álvaro Reyes, quien había abandonado las islas unos días después del asesinato creyéndose seguro y se había trasladado a su domicilio en Alcobendas, Madrid. Pero el joven no da la talla de asesino. Y Vila presiente que hay algo más y que ha metido en la cárcel al no culpable, sobre todo a raíz de las entrevistas con la madre del asesinado, Amaia Etxebarri y con la del acusado.

En paralelo avanza la historia del periodo de la formación previa del entonces cabo Bevilacqua y de su compañero Álamo, sus primeros pasos en la investigación sobre el terreno, el asesinado con bomba lapa de compañeros...

Parte de su formación es la relación cuerpo a cuerpo con una etarra que llevará a la detención de dirigentes del brazo armado, episodio que le afecta emocionalmente en exceso y que le inclinará a abandonar la primera línea en el País Vasco.

El giro que ahora toma el caso del asesinato de Igor Etxebarri le empuja de nuevo a este hermoso rincón de la península Ibérica. Es cierto que ahora el viento ha cambiado y que ETA ha renunciado a matar, aunque el ambiente de hostilidad ante la Guardia Civil sigue presente.

El conocimiento del terreno y la coordinación con la policía autonómica facilitan mucho las actuaciones. Las investigaciones llevan a Vila a centrarse en los antiguos compañeros etarras que compartieron con Igor celda y que probablemente también compartieron litera.

La novela reúne todos los ingredientes para que el lector pueda acercarse a esa realidad dolorosa para ambas facciones de España que lucharon a muerte y no siempre con métodos limpios buscando su propia justificación o legitimidad en las ofensas del otro: algo así como la guerra fratricida que se estalló en Corcira o Corfú, entre dos facciones políticas y que llevó al asesinado indiscriminado y al dolor que es lo que cuenta, según Tucídides dejó escrito en el siglo V antes de Cristo.

Lorenzo Silva se muestra respetuoso, equidistante, entre las dos Españas doloridas y en duelo aún. Se muestra respetuoso con las tradiciones y creencias de la mayoría de los españoles. Sólo hay dos pasajes, descripciones de las relaciones homosexuales que, aunque se puedan ajustar a la realidad, podrían muy bien haberse soslayado con la habilidad ya demostrada en parecidas circunstancias que el autor sabe manejar. Salvo por esos dos pasajes, El mal de Corcira es un libro excelente.