La figura de Montaigne (1533-1592) no ha hecho más que agigantarse con el paso de los siglos, a pesar de ser, en realidad, una pluma más de su tiempo y, sobre todo, una pluma muy subjetiva y de un estilo completamente nuevo: se trataba de escribir en sus “Ensayos” lo que se le pasaba por la cabeza, para que los lectores no tuvieran otro interés que conocer sin más sus devaneos.