Me parece que pocas realidades hay tan vivas y tan poco dadas a la encorsetación y a la rigidez como el lenguaje de los hombres. Pensemos, por ejemplo, en el género gramatical. Ciñéndonos a la lengua castellana, la regla general es que hay palabras masculinas (niño) y palabras femeninas (niña), pero luego resulta que leo el capital o el orden y, sin embargo, si digo la capital y la orden el significado ha cambiado por completo al pasar del masculino al femenino. Y sucede también que hay casos en que usamos palabras completamente distintas según sea el género de que se trate: caballo/yegua; marido/mujer...